martes 19 de marzo de 2019 - Edición Nº2001
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La columna quilombera: males de pinchas y triperos

Por Matías Crowder.- Periodista, escritor y platense suelto en Catalunya.- Hay cierta cultura de la violencia latente entre nosotros. Una cultura de la anarquía, esa ley donde manda el que pega más fuerte, por irracional que a nosotros mismos nos parezca. Luego, cuando la violencia estalla, nos preguntamos cómo es posible.


Deben ser principios de los  años 90, viajo de regreso con mis padres del País de los Niños. Es cuando vemos la locomotora diesel del tren Roca camino a Constitución. En el techo del tren viaja la hinchada de Ginmasia y Esgrima. En la punta de la locomotora va el mítico Loco Fierro, el jefe de la hinchada. Lleva unas botas texanas, va “en cuero”, pinta que le hace parecer un forajido. Cuando ve que le observamos, el Loco Fierro se baja los pantalones. Se ve a la distancia que está muy puesto. La imagen se me quedaría grabada durante años. El verle allí parado desafiando la velocidad, para un niño como era yo, idealizó la idea de pertenecer a una hinchada. Aunque yo fuera de Estudiantes de La Plata. Me pareció un héroe, el Loco Fierro, por su valentía y arrojo.

 Tiempo más tarde, utilizando como pasajero aquel mismo tren, mi viaje coincidió con la hinchada de Gimnasia. Hacía años que el Loco Fierro había sido tiroteado y muerto por la policía en Rosario, pero el aura de impunidad, fuerza y locura aún perduraba contagiado al resto. Se sentían sus pasos en el techo desde el interior del tren. Cuando el convoy estacionó en una estación rival, los hinchas se lanzaron del techo y destrozaron la estación a patadas y puñetazos. Era una especie de tsunami humano que arrasaba con todo.

 De la hinchada tripera no es la única de la que conservo recuerdos violentos. Cuando eras adolescente, a finales de los años noventa, en La Plata era habitual caer en las razias de la policía. Te llevaban en realidad por “perejil”, te tenían una noche en la comisaría y después te largaban. En la comisaría de La Loma a la que nos llevaron había cinco hinchas de estudiantes, muy sacados, en un calabozo. La policía nos decía que en breve nos metería allí, nosotros estábamos de pie en un patio, y los hinchas nos gritaban lo que nos harían: nos violarían y matarían a golpes. Luego se pegaban entre ellos. Estuvieron toda la noche así. Al final nos dejaron ir, pero el miedo que generó en unos críos de trece años aún me provoca pesadillas. 

Hoy en día muchos de los jefes de ambas hinchadas se han convertido en especies de santos idolatrados. Pinchas y triperos. ¿Por qué? Porque hay cierta cultura de la violencia latente entre nosotros. Una cultura de la anarquía, esa ley donde manda el que pega más fuerte, por irracional que a nosotros mismos nos parezca. Luego, cuando la violencia estalla, nos preguntamos cómo es posible. Yo, que ni siquiera iba a la cancha, durante décadas viví esa violencia como parte de la misma naturaleza. Ni siquiera me la cuestionaba. Una violencia que, con el tiempo, se ha vuelto leyenda.

 Nada mejor que las leyendas describen una sociedad como la nuestra.

 Carowder tarabaja para el Diari de Girona, Revista Buensalvaje, Diario de Cultura, Diario El Mundo

 

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