miércoles 22 de mayo de 2019 - Edición Nº2065
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La columna quilombera

El Mudo Bancalari

Por Matías Crowder*.- "Muchas veces se recuerdan grandes futbolistas, glorias que llevaron a un club a la cima. En el olvido quedan esos otros personajes que, en segunda línea, hacen de pilares de un equipo, entre ellos, Alfredo Bancalari".


 

Le decíamos el Mudo. El Mudo era el utilero del equipo, un personaje de la ciudad que con el tiempo se convirtió en parte viva de Estudiantes de La Plata, de su sede, en calle 54. El Mudo hacía muchas veces de aguatero y recoge pelotas de todos los equipos de básquet, de premini a primera. No era casual pasar por el club uno de esos sábados en que jugaban las divisiones inferiores, partidos de chicos de 5 a 8 años, y verle allí, en el banquillo, viendo atento el partido como si se llevara a cabo la final de la copa. El hinchaba por cada equipo que llevara la gloriosa camiseta pincharrata.

 El Mudo siempre estaba allí, en el club, viendo entrenamientos o partidos. A un lado de la cancha de básquet tenía su propio rincón de utilería. Era alto y delgado y su mudez parecía acompañarle desde la infancia. A principio del día llegaba en la misma bicicleta negra, de esas que eran todo hierro, el pantalón arremangado con una pinza de colgar la ropa. Solía pasar el trapo al parquet con extremo cuidado. Siempre me había llamado la atención el olor de su cuarto, el de los balones de todo tipo que se amontonaban allí. Olor a cuero y goma y al pegamento con que los arreglaba. Como me llamaba la atención los pósters de Estudiantes de La Plata Campeón del Mundo (1968) y el verdadero amor que sentía por los niños, pese a que les mantenía a raya, a esos sátrapas: nosotros.

 El Mudo no era mudo, no del todo. Su voz era una exclamación gutural y cuando se enfadaba, solía enfadarse con los referís, gesticulaba y gritaba con su mudez como un loco. Yo jugué al básquet desde los cinco años en el club y, hasta los dieciocho, cuando lo dejé, el Mudo era el mismo hombre mayor enérgico, el cabello peinado a la gomina, blanco. La ropa anticuada, parecía llevar siempre pantalones de vestir, zapatos de domingo, camisa abotonada hasta el cuello. Era como si no cambiara nunca, como si no se avejentara más que nosotros que, de aquellos niños ínfimos nos convertimos en jóvenes, casi todos de estaturas cercanas a los dos metros.

 Nunca supimos su nombre, el del Mudo. O yo nunca lo supe hasta ayer: se llamaba Alfredo Bancalari. Y pese a que también era sordo, era un experto en leer los labios. Siempre parecía saber de qué estábamos hablando y si, por gracia, para ver si realmente era sordo y mudo, alguno de los chicos le insultaba, soltándole algún “mudo hijo de puta”, mejor que saliera corriendo a toda prisa.

 De aquel pasado remoto de categorías que jugaban partidos en Gran Buenos Aires quedan los nombres, apellidos y apodos: Palermo, Pacho, Guido, Bruno, Buch, Marcial, Lucho, Casado, Cacho, Corda, Tassara, Leandro, Pazos, el Topo, los hermanos Vargas, Hortel, Bravati, Mauricio López (que más tarde sería director técnico de primera), los Crowder (mi hermano y yo). Quedan los nombres también de un grupo de padres que nos acompañaban a todas partes, como Dino Bravetti, Suarez, Carlos Martinaschi, otro Crowder (mi padre) y tantos otros. Los había que comenzaban la universidad, o un trabajo, o los que simplemente desaparecían, como fue mi caso, atrapado por los libros, el periodismo y las letras.

 Hace poco uno de esos chicos, que el tiempo y el amor al club le convirtió en Presidente de la Subcomisión del Museo Pincha, Guido Martinaschi, subía unas fotos del Mudo Bancalari a las redes. Era la primera vez que le veía de joven, con otro equipo, por el diseño de las camisetas, de los años 50. La siguiente foto era de los 90, con el grupo de jugadores que conocí, festejando un ascenso. Más de cuarenta años al lado de los jugadores. 

 Muchas veces se recuerdan grandes futbolistas, glorias que llevaron a un club a la cima. En el olvido quedan esos otros personajes que, en segunda línea, hacen de pilares de un equipo, entre ellos, Alfredo Bancalari. Porque lo del Mudo Bancalari era aguante, del verdadero, ese laborioso anonimato donde todo se rige por el amor a una camiseta. Por eso el grupo de aquellos chicos que se hicieron mayores le debemos su recuerdo. En breve, asegura Martinaschi, colocarán una placa con su nombre en alguna de las dependencias del Club. En memoria del querido y legendario Alfredo Bancalari, utilero, pincharrata hasta la muerte.

 * Matías Crowder es periodista y escritor platense radicado en Catalunya. En marzo de este año Editorial Marea publicará su último trabajo, “Los jueves de redención”, novela que trata sobre “los vuelos de la muerte” de la dictadura militar.

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