martes 25 de febrero de 2020 - Edición Nº2344
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“ El Rengo” y aquellas mafias de La Loma...

Por # Matías Crowder (matiascrowder@hotmail.com).- Siempre existieron mafias en la ciudad de La Plata. La del juego clandestino era otra de las tantas mafias del barrio La Loma. Entre toda aquella gente de clase media trabajadora, gente de bien, buena gente, habitaban éstos tiburones, a quienes los vecinos evitaban, en la medida de lo posible, y que han sabido sobrevivir en el más oscuro anonimato. Hasta nuestros tiempos.


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 Se llama Oscar y,  tullido como era, todo el mundo la llamaba “el Rengo”. Había nacido así, con las piernas torcidas. Solía pasar el día sentado en el frente de su casa, sobre calle 43, o dando una breve vuelta en su bicicleta con rueditas. Fumaba Particulares, siempre tenía un cigarro en la boca, y  llevaba colgada una radio al cuello, sintonizando los sorteos. Todo el mundo lo conocía en el barrio La Loma. Era el que pasaba quiniela y, decían, traía suerte, toda la que él no había tenido.

 Cuando éramos chicos le íbamos a comprar cigarros al kiosco de 17 y 44. Cuando con mis hermanos nos hicimos mayores, la ayudábamos a pasar de la bicicleta a su silla, lo que nos obligaba a tocar sus piernas. Eran duras, como raíces retorcidas. Oscar siempre estaba allí sentado, testigo mudo de todo lo que sucedía en el barrio. Su madre, de eterno delantal y ruleros, le cuidaría hasta el fin de sus días, los de ella. A la tarde, cada día, un coche paraba en la puerta de su casa. Mi padre decía que no nos acercáramos a ese coche, que era el coche del “capitalista”. Según su explicación, era el que le pagaba a “el Rengo” y, por su advertencia, suponíamos que debían ser tipos pesados. Nunca era un solo, siempre eran varios, una patota. Con el tiempo supimos que eran de la policía bonaerense porque eran vecinos, también, y les veíamos con el uniforme y la gorra.

 Quiso el destino que la historia de esta familia estuviera vinculada al juego. El hermano de “el Rengo” vivía detrás, en un pasillo al fondo. Este hombre, amante de los Ford Falcón, tenía un hijo ludópata que vivía embargado en deudas. No trabajaba, solo una vez lo vi como portero en la discoteca Siddharta, único empleo conocido. Para los tipos de la pesada, esos a los que mi padre decía  que no nos acercásemos, las deudas no eran solo de él, sino de toda la familia. El juego que le daba de vivir a Oscar se fue comiendo a la familia, por las deudas. Primero fue la casa del pasillo al fondo y luego, cuando “el Rengo” murió, el resto. Muchos de los que conocieron a este personaje platense ignoran la historia que había detrás.

 Siempre existieron mafias en la ciudad de La Plata. La del juego clandestino era otra de las tantas mafias del barrio La Loma. Entre toda aquella gente de clase media trabajadora, gente de bien, buena gente, habitaban éstos tiburones, a quienes los vecinos evitaban, en la medida de lo posible, y que han sabido sobrevivir en el más oscuro anonimato.  Hasta nuestros tiempos.

 # Matías Crowder es periodista y escritor platense radicado en Catalunya. Es autor de La Duna y Frontera Límite, con Santi Corella.

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